Cine/España

Hablar o el poder de las palabras

Ficha técnica: Hablar (2015): una película de Joaquín Oristrell con Goya Toledo, Miguel Ángel Muñoz, Raúl Arévalo, Carmen Balagué, Antonio de la Torre, Alex García, Mercedes Sampietro, etc.

cartel-hablar

Cartel de la película HABLAR

Las voces de la España actual

Hablar fue la película que abrió el 18 Festival de cine español de Málaga en 2015 y se estrenó en las salas en junio del mismo año. Es una película coral con un reparto que, a pesar de no dar ningún protagonismo, presenta a figuras importantes del cine español como Antonio de la Torre, Raúl Arévalo, Mercedes Sampietro, entre otros.

¿Su peculiaridad? Es un filme grabado en un único plano secuencia de 75 minutos a lo largo de un recorrido de 400 metros por el famoso barrio madrileño de Lavapiés. El espectador es testigo de 20 historias que se entrecruzan por la calle, 20 historias que podrían ser reales ya que reflejan la situación de la España reciente. Un país dividido entre heridas y problemas sociales y laborales que cada vez desbordan más por la falta de audiencia. Como bien expresa el título, la palabra es central y los personajes la usan para debatir, quejarse, manipular, descubrirse, amenazarse y expresarse.

Hablar es una especie de elogio a la comunicación verbal, la cual hace más fluidas las relaciones humanas.

La palabra: intermediario entre tensión y ternura

Gracias al habla se crea en la película un entorno tenso y a la vez tierno que exhibe la situación social crítica del país, pero de la que los españoles ya son conscientes. Las conversaciones no nos llevan a reflexionar sobre ella sino que se levanta acta, una vez más, de lo que ocurre actualmente, repitiendo algunos lugares comunes sobre la corrupción, el paro o la política. El mérito lo tienen los actores que interpretan con brío la indignación e incertidumbre de los personajes, a pesar de ciertos diálogos (¡y monólogos!) asombrosos (soltar su desamparo a un desconocido o contarle a su madre su adicción al porno, no es muy habitual). El plano secuencia favorece la puesta en escena, muy cercana a la de una función de teatro callejero, ya sea por nuestra proximidad con los actores, como si fuera un escenario, o por la improvisación a la que recurrieron para no tener que cortar el plano y volver a grabarlo todo. La interacción y conexión constante entre los personajes también hace recordar al teatro – las entradas y salidas entre cada escena. El teatro como lugar se convierte en un punto culminante, ya que la película termina en la Sala Mirador con los versos del poema La Palabra de León Felipe. Detalle importante porque la idea de esta película nació allí, confiesa Oristrell.

En definitiva, me pregunto si el retrato social que el director nos pinta no fue solo una excusa para que nos diéramos cuenta de la importancia de la palabra. Algo fundamental que permite aliviarnos en situaciones críticas, pero que sin embargo, no lo soluciona todo. Recordad que cuando las cosas van mal: ¡Nos quedan las palabras!

 

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