America Latina/Cine

Banda aparte

En el segundo largometraje del colombiano Oscar Ruíz Navia, Los hongos, dos grafiteros intentan contener el muro de dificultades que representa hacer lo que aman en una ciudad como Cali. Calvin y Ras son los apodos de los personajes principales de una historia contada con la sensibilidad necesaria para salvarla de la crítica social superflua.

Loshongos

Afiche de la película

A diferencia de las películas latinoamericanas cuya dosis de violencia es aparentemente necesaria y que suelen gustar tanto en festivales europeos (Después de Lucia Heli en Cannes; Desde allá en Venecia; y Pelo malo en San Sebastián, por ejemplo), Los hongos —premiada en Locarno— respeta y aprecia a sus personajes: Calvin, un joven de clase media que dedica la mayor parte de su tiempo a cuidar de su abuela enferma y a dibujar en las calles; y Ras, de clase baja, cuya madre intenta convencerle de que la vida cristiana es la única tabla de salvación en un mundo que lo empuja con insistencia al pecado. Ambos, soñadores empedernidos, miran videos de los enfrentamientos de la Primavera Árabe en busca de inspiración para un mural que aspiran pintar con un grupo de grafiteros.

Estos dos amigos, víctimas constantes de la represión de la policía en una Cali marcada por unos comicios locales que se avecinan, encuentran en esa revuelta que ocurre del otro lado del mundo el lema de sus propias vidas: “Nunca más guardaremos silencio”. Esta frase también encierra con precisión la perspicacia y la energía de una película que funciona gracias a unas actuaciones naturales y a una estética sin artilugios.

Los hongos está lejos de ser una película perfecta (tal vez son demasiados largas las escenas en las que el director se dedica a mostrar la alarmante conexión entre la política y la religión en la ciudad, tal vez las denuncias pronunciadas en una reunión del grupo de grafiteros subrayan lo que el espectador ya conoce de la historia) pero contiene momentos que la convierten en una mirada tierna sobre una sociedad y un oficio tumultuosos.

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Fotograma de la película

El peso de la cinta recae en los hombros de los jóvenes Calvin Buenaventura Tascón y Jovan Alexis Marquinez, dos actores no profesionales que ayudan a  crear ese realismo que Ruíz Navia persigue. Ambos parecen estar incómodos delante de la cámara (tampoco son grafiteros), pero este aparente desconcierto solo genera una actuación más vulnerable, muchísimo más real. La película se sostiene firme cuando se centra en estos dos luchadores anónimos que desean vivir de su arte y se tambalea cuando pretende radiografiar el cuerpo enfermo de una ciudad entera.

El verdadero tema de la película es la amistad. Sí, ya nos han hablado acerca de la corrupción, la violencia y la represión en las ciudades latinoamericanas; el reto constituye en recordarnos que más allá de toda esa dureza todavía existen espacios para la amistad, la compresión, la empatía. Por ello, Calvin y Ras seguirán pintando las calles de Cali a pesar de que en la noche anterior la policía los haya agredido o que incluso ellos mismos se hayan peleado hasta sangrar.

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Fotograma de la película

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